2 de Junio de 2026
Qué es la Taxonomía de Bloom para diseñar formación
Autoría: Marta Anaya
Profesional del marketing y la comunicación
Tiempo de lectura: minutos

En formación online hay una diferencia importante entre que una persona termine un curso y que realmente aprenda algo que pueda aplicar en su trabajo.
Muchas empresas ya miden matrículas, horas realizadas, finalizaciones o resultados en test. Todo eso es útil, pero no responde del todo a la pregunta clave: qué debería hacer mejor esa persona después de formarse.
No es lo mismo que un alumno recuerde una definición, que comprenda un procedimiento, que sepa aplicarlo en una situación real o que pueda tomar decisiones con criterio. Y, sin embargo, en muchos cursos online todo se evalúa igual: con preguntas tipo test que solo comprueban si el alumno ha leído el contenido. Ese también es uno de los grandes problemas de la formación corporativa: se pide transferencia al puesto, pero se diseña como si el objetivo fuera únicamente consumir información.
En este artículo hablamos sobre qué es la Taxonomía de Bloom y por qué es una herramienta útil para diseñar formación online orientada a competencias. Analizamos cómo ayuda a diferenciar entre cursos que solo transmiten información y acciones formativas que realmente preparan al alumno para aplicar lo aprendido en su entorno profesional.
Qué es la Taxonomía de Bloom
La Taxonomía de Bloom es un modelo que permite clasificar los objetivos de aprendizaje según el nivel de complejidad que requieren. Dicho de forma sencilla, ayuda a diferenciar si una formación busca que el alumno recuerde información, comprenda un concepto, aplique un procedimiento, analice una situación, evalúe alternativas o sea capaz de crear una solución propia.
Esta distinción es importante porque aprender no siempre significa lo mismo. Un curso puede estar diseñado para que una persona conozca una normativa básica, pero otro puede necesitar que sepa actuar ante un caso concreto. Una formación puede servir para sensibilizar sobre un tema, mientras que otra debe preparar al alumno para tomar decisiones, resolver problemas o aplicar criterios en su puesto de trabajo.
Por eso la Taxonomía de Bloom resulta especialmente útil en el diseño de la formación. Obliga a definir con más precisión qué se espera conseguir con cada curso y evita tratar todas las acciones formativas como si tuvieran el mismo propósito. Una formación de sensibilización, una formación normativa, un curso técnico o un programa de habilidades directivas no deberían diseñarse ni evaluarse de la misma manera, porque no persiguen el mismo tipo de aprendizaje.
Los niveles de la Taxonomía de Bloom
La Taxonomía de Bloom se organiza en seis niveles: recordar, comprender, aplicar, analizar, evaluar y crear. No conviene interpretarlos como una escalera que todos los cursos deban subir hasta el último peldaño. Lo importante es que cada acción formativa llegue al nivel adecuado según su objetivo.
Recordar
Es el nivel más básico. Consiste en recuperar información, reconocer conceptos, identificar datos o recordar pasos de un proceso.
Es necesario porque proporciona la base sobre la que se construyen aprendizajes más complejos. Sin embargo, por sí solo suele tener un alcance limitado, ya que el alumno puede recordar una información sin saber todavía cómo interpretarla o utilizarla correctamente.
Comprender
Implica dar sentido a esa información. El alumno no solo repite un concepto, sino que puede explicarlo, relacionarlo con otros contenidos o interpretarlo en un contexto determinado.
En este nivel, el alumno empieza a trabajar con mayor criterio. No solo aplica una pauta, sino que observa el contexto, distingue información relevante de información secundaria y comprende cómo se conectan los distintos elementos de una situación.
Aplicar
Supone utilizar lo aprendido en una situación concreta. En formación corporativa, este nivel es clave porque conecta el contenido del curso con tareas, procedimientos o decisiones del puesto de trabajo.
Por ejemplo, en una formación sobre prevención de riesgos, aplicar no sería solo conocer las medidas preventivas, sino saber elegir la actuación adecuada ante una situación de riesgo. En eLearning, este nivel puede trabajarse mediante ejercicios prácticos, simulaciones, escenarios, actividades guiadas o casos contextualizados.
Analizar
Significa descomponer una situación para entender sus partes, causas o relaciones. Permite al alumno comparar opciones, detectar problemas y distinguir qué información es realmente relevante.
Aquí, el alumno empieza a trabajar con mayor criterio. No solo aplica una pauta, sino que observa el contexto, distingue información relevante de información secundaria y comprende cómo se conectan los distintos elementos de una situación.
Evaluar
Implica valorar alternativas y tomar decisiones con criterio. No se trata solo de elegir una respuesta correcta, sino de justificar por qué una opción es más adecuada que otra.
Este nivel es especialmente relevante en formaciones relacionadas con liderazgo, gestión de equipos, cumplimiento normativo, atención al cliente... En estos casos, el alumno debe aprender a valorar consecuencias, priorizar acciones y defender una decisión razonada.
Crear
Es el nivel más avanzado. Consiste en generar una propuesta, diseñar una solución o construir algo nuevo a partir de los conocimientos adquiridos.
No siempre es necesario llegar a este nivel en todos los cursos, pero sí resulta muy valioso cuando la formación busca que el alumno desarrolle soluciones propias, adapte procedimientos, diseñe planes de acción o proponga mejoras en su entorno de trabajo.

En algunos casos, recordar y comprender puede ser suficiente. Por ejemplo, cuando una empresa necesita que su plantilla conozca una política interna, identifique conceptos básicos o tome conciencia de una obligación. En otros casos, quedarse ahí sería insuficiente. Si el objetivo es que una persona utilice una herramienta, gestione una situación compleja o mejore una conducta profesional, el curso debe trabajar niveles superiores.
Un ejemplo sencillo: en una formación sobre protección de datos, no basta con que el alumno recuerde qué es un dato personal. Necesita comprender qué riesgos existen, aplicar buenas prácticas en su trabajo diario y saber cómo actuar ante situaciones habituales. Si el curso solo mide memoria, difícilmente podrá demostrar que la persona está preparada para actuar mejor.
Ahí está el valor de Bloom: ayuda a conectar el objetivo del curso con el tipo de aprendizaje que realmente se necesita.
El problema de muchos cursos online: informar no es formar
Uno de los errores más habituales en eLearning es confundir contenido con aprendizaje. Un curso puede tener muchas unidades, vídeos, infografías y recursos, pero seguir siendo superficial si no está diseñado para que el alumno haga algo con lo aprendido.
Cuando una formación se limita a exponer información y después plantea un test con respuestas literales, normalmente solo está trabajando los primeros niveles de Bloom. Eso no es necesariamente negativo, pero sí limita el alcance de la formación.
El problema aparece cuando se promete una formación orientada a competencias, pero el diseño del curso no permite practicarlas. No se puede decir que un alumno va a “aplicar”, “resolver” o “tomar decisiones” si durante el curso solo ha leído contenidos y respondido preguntas tipo test.
Para desarrollar competencias hace falta algo más: casos de aplicación, ejemplos contextualizados, actividades prácticas, toma de decisiones, ejercicios de análisis o situaciones cercanas al puesto de trabajo. La metodología debe acompañar al objetivo.
Cómo aplicar la Taxonomía de Bloom al diseño formativo
Aplicar la Taxonomía de Bloom al diseño formativo exige coherencia entre el objetivo del curso, las actividades que realiza el alumno y la forma en la que se evalúa el aprendizaje.
Primero hay que definir qué se espera conseguir. Si el objetivo es que el alumno conozca una norma, el contenido deberá explicarla con claridad y la evaluación podrá comprobar si ha entendido los aspectos esenciales. Pero si el objetivo es que sepa actuar ante una situación concreta, la formación tendrá que incluir escenarios, ejemplos y ejercicios donde pueda aplicar ese conocimiento.
Después hay que revisar si las actividades están alineadas con ese objetivo. Una actividad de lectura puede servir para introducir conceptos, pero no para comprobar si alguien sabe tomar decisiones. Del mismo modo, un test puede ser útil para reforzar ideas clave, pero no siempre es suficiente para evaluar competencias complejas.
Por último, la evaluación debe medir lo que el curso promete. Si el objetivo es aplicar, la evaluación debe incluir aplicación. Si el objetivo es analizar, debe obligar al alumno a interpretar una situación. Si el objetivo es evaluar, debe pedirle que justifique una decisión. Esta alineación entre objetivos, actividades y evaluación es una de las claves de un buen diseño instruccional.
Aplicar la Taxonomía de Bloom al diseño formativo implica partir de una idea clara: qué competencia debe adquirir el alumno y qué nivel de aprendizaje necesita alcanzar para desarrollarla.
Cómo se refleja en los cursos de ADR Formación
Nuestros cursos se diseñan desde esa lógica competencial. Los contenidos se organizan por objetivos de aprendizaje y competencias a adquirir. Esta forma de trabajar condiciona todo el diseño del curso: la secuencia de contenidos, las actividades, los juegos multimedia, los ejercicios de aplicación y las evaluaciones.
Esto se traduce en decisiones concretas de diseño:
- una secuencia lógica de contenidos pensada para avanzar de forma progresiva
- actividades y juegos multimedia que refuerzan la comprensión
- ejercicios de aplicación para trasladar lo aprendido a situaciones profesionales
- evaluaciones alineadas con el nivel de aprendizaje que se busca.
Este enfoque se refleja también en nuestro compromiso con la calidad de los contenidos formativos desarrollados por nuestra Red de Talento. Además, contamos con el sello de calidad ANCYPEL-AENOR, una certificación que reconoce la calidad de los contenidos formativos, el diseño orientado a competencias, la secuenciación lógica de los contenidos entre otros criterios.. Para las empresas, supone trabajar con un catálogo más homogéneo, estructurado y alineado con criterios pedagógicos.
La Taxonomía de Bloom ayuda a entender por qué este diseño es importante. Una formación normativa, un curso técnico o un programa de habilidades profesionales no buscan el mismo tipo de aprendizaje. Por eso, tampoco deberían apoyarse en las mismas actividades, los mismos recursos ni la misma forma de evaluar.
Preguntas frecuentes sobre la Taxonomía de Bloom
¿Para qué sirve la Taxonomía de Bloom?
Sirve para diseñar formación con objetivos más claros y elegir actividades y evaluaciones coherentes con el aprendizaje que se quiere conseguir.
¿Cuáles son los niveles de la Taxonomía de Bloom?
Los niveles son recordar, comprender, aplicar, analizar, evaluar y crear. Cada uno representa un grado distinto de profundidad en el aprendizaje.
¿Cómo se aplica la Taxonomía de Bloom en eLearning?
Se aplica definiendo qué debe ser capaz de hacer el alumno al finalizar el curso y alineando los contenidos, actividades y evaluaciones con ese objetivo.
¿Por qué es útil en formación corporativa?
Porque ayuda a diferenciar entre cursos que solo transmiten información y acciones formativas orientadas a desarrollar competencias aplicables al puesto de trabajo