Se pueden entender las posibles causas que hay detrás de esas conductas que generan conflicto y tensión.
¿El porqué de estas actitudes? ¿Qué puede haber detrás?
Conocer las causas y motivaciones no siempre garantiza poder frenar la conducta. El reflexionar al respecto es importante porque ayuda a darle sentido a lo que ocurre y facilita poder gestionar mejor la situación.
Las explicaciones, circunstancias y factores que determinan estas conductas son complejos y variados, teniendo en cuenta que no son excluyentes, pueden darse a la vez, y no se incluyen todas. Las más comunes y frecuentes son:
En la adolescencia, el grupo de iguales cobra gran relevancia, mientras aumentan los conflictos con padres, figuras de autoridad y normas. Es una etapa de transformación, marcada por dudas y una identidad en formación.
La presión por pertenecer y definirse puede generar estrés y, en algunos casos, conductas agresivas como expresión de la confusión emocional. Estas actitudes, especialmente en espacios públicos, pueden ser intentos de mostrar una seguridad que en realidad no se siente.
La influencia del grupo también puede fomentar la imitación de comportamientos conflictivos, reforzando la identidad grupal en un proceso clave para la construcción del "yo".
La autorregulación emocional se refiere a la capacidad de manejar impulsos y tolerar la frustración. Cuando esta habilidad es baja, suele haber una necesidad de liberar de forma inmediata emociones intensas, como la angustia, el miedo o la ira, con el fin de recuperar una sensación de equilibrio interno. En estos casos, una explosión de agresividad puede funcionar como una vía rápida para aliviar temporalmente el malestar emocional, trasladando esa carga al exterior.
Las conductas conflictivas también pueden ser una forma de pedir ayuda o de buscar atención y reconocimiento. Aunque pueda parecer contradictorio, algunos adolescentes prefieren recibir atención negativa antes que no recibir ninguna. A veces, esta atención, aunque sea a través de regaños o sanciones, resulta más intensa, personal y constante que la atención positiva. En estos casos, la agresividad puede ser una señal de malestar emocional que no saben cómo expresar ni gestionar de otra manera.
Las conductas agresivas pueden ser una forma de liberar emociones intensas que causan malestar pero que no logran expresarse con palabras, ya sea por falta de habilidades comunicativas o porque ciertas emociones, como la tristeza o la vulnerabilidad, especialmente en los chicos, no están socialmente permitidas. También pueden reflejar situaciones estresantes del entorno, como el acoso escolar, que el o la joven no sabe cómo verbalizar ni cómo pedir ayuda.
Es común que el malestar acumulado fuera de casa estalle en el hogar ante un desencadenante menor. Esto ocurre porque la familia representa un espacio seguro y de confianza, lo que permite que, aunque el conflicto tenga su origen fuera, se exprese dentro del entorno familiar, donde se percibe mayor contención emocional.
Los comportamientos conflictivos también pueden usarse como estrategia para obtener beneficios secundarios, evitar responsabilidades o enfrentar situaciones que generan miedo. Por ejemplo, una actitud agresiva puede servir para no ir a la escuela, eludir exigencias familiares o alejarse de aquello que resulta difícil de afrontar.
Las conductas agresivas también pueden ser una forma de liberar la tensión acumulada por problemas familiares que no se abordan ni se comunican con niños, niñas y adolescentes. Esto ocurre cuando se evita hablar de conflictos o se oculta el sufrimiento causado por situaciones como un divorcio, una enfermedad grave o un abuso, ya sea dentro o fuera del entorno familiar.
Las conductas conflictivas pueden surgir como reacción al miedo y la angustia que sienten algunos jóvenes en el espacio público. Este espacio está marcado por la mirada y el juicio de los demás, lo que puede generar mucha presión y estrés, especialmente en adolescentes, quienes son más vulnerables a las críticas debido a la etapa que atraviesan. Además, muchos de ellos han vivido experiencias negativas de rechazo y discriminación, especialmente por problemas relacionados con su salud mental.
También es importante tener en cuenta que el adolescente no siempre podrá explicar claramente el motivo de su conducta conflictiva o agresiva cuando se le pregunte.
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