El Apoyo Conductual Positivo (Positive Behavior Support) surge a finales de los años 80 y principios de los 90 como una evolución ética y científica de la modificación de conducta tradicional y de la psicología conductual aplicada (ABA).
Su origen se vincula con tres movimientos clave:
El término "apoyo" es central para entender el concepto ACP, ya que el apoyo se aleja del control o la corrección de la conducta para centrarse en acompañar, capacitar y mejorar el entorno.
"El apoyo es toda estrategia o recurso diseñado para promover el desarrollo, la educación, los intereses y el bienestar personal, y que permite mejorar la calidad de vida."
Schalock y Verdugo (2003)
El ACP, por tanto, entiende el apoyo como un proceso bidireccional:
Veamos a continuación diferentes definiciones según autores relevantes en el ámbito del ACP.
"El Apoyo Conductual Positivo es un enfoque que combina la ciencia del comportamiento con los valores de la inclusión, centrado en mejorar la calidad de vida y reducir las conductas problemáticas mediante cambios en el entorno y el desarrollo de habilidades."
"El ACP no pretende eliminar la conducta desafiante, sino entenderla, prevenirla y sustituirla por conductas más adaptativas que cumplan la misma función."
"El ACP constituye una metodología coherente con los principios de autodeterminación y derechos humanos, orientada a proporcionar apoyos eficaces y sostenibles en contextos naturales."
En resumen, el ACP es una metodología de intervención y un marco ético:
Los programas o planes de ACP tienen que cumplir unas características
El plan parte de la historia, preferencias, valores y metas personales. No se diseña "para" la persona, sino "con" la persona, respetando su dignidad y su proyecto vital.
Integra los principios de el análisis funcional de la conducta y la investigación aplicada. Las estrategias deben ser observables, evaluables y replicables, evitando intervenciones improvisadas o punitivas.
Anticipa las situaciones que pueden provocar la conducta problemática, modificando el entorno o enseñando habilidades antes de que aparezca la crisis. Se centra en prevenir, no en reaccionar.
Busca enseñar conductas alternativas funcionales: formas positivas de comunicar, pedir ayuda o afrontar la frustración. La enseñanza se convierte en la herramienta central de cambio.
El ACP actúa en múltiples niveles: individual, grupal y organizativo. No solo cambia la conducta de la persona, sino también las prácticas, actitudes y estructuras del entorno residencial.
Implica la coordinación de todos los agentes: profesionales, familias y la propia persona. La coherencia en las respuestas y la comunicación del equipo son esenciales para la eficacia del plan.
Toda intervención debe salvaguardar la dignidad, libertad y seguridad de la persona. Se prohíben las medidas coercitivas y se prioriza la participación activa y el consentimiento informado.
El éxito del ACP no se mide por la ausencia de conductas problemáticas, sino por la mejora en el bienestar emocional, la inclusión, las relaciones y la autodeterminación.
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