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Pedro es el coordinador de mi equipo, continuamente se preocupa por lo que sentimos y pensamos, intentando plantear objetivos concretos con plazos fijos, ofreciendo a continuación mucha libertad a cada uno para alcanzarlos. Le encanta establecer metas y ayudarnos a descubrir y promover el potencial y las aptitudes de cada uno. Nos anima constantemente, tanto en público como en privado a que expongamos libremente lo que pensamos, desde la reflexión y el acercamiento a la objetividad.
Este puede ser un sencillo ejemplo de un Coach (entrenador), persona clave al hablar de coaching, el otro protagonista principal será el coachee (entrenado).

Si hacemos un poco de memoria o nos apoyamos en lo que nos han indicado las personas más cercanas a nosotros, nuestros familiares, cuando éramos pequeños recibíamos una gran cantidad de información, aprendiendo continuamente cosas nuevas en todos los ámbitos en los que se desarrollaba nuestra vida. Nos era indiferente equivocarnos, fracasar, hacernos daño o asumir riesgos de forma habitual, ya que lo volvíamos a intentar a pesar de todo. El aprendizaje basado en los errores anteriores y en la experiencia que ellos nos aportaban ofrecía el enriquecimiento continuo de descubrir aspectos novedosos sobre el mundo en el que vivimos, y nunca nos cansábamos de curiosear.
Pero poco a poco todos hemos crecido, lo que ha supuesto una ralentización de ese aprendizaje, causado esencialmente por experiencias no muy positivas que nos condicionan para el futuro, nos limitan y entorpecen ese espíritu curioso, experimental y arriesgado que teníamos cuando éramos niños. Sensaciones de dolor, soledad o fracaso se han posicionado como claves en muchas de nuestras experiencias, no sólo bebiendo de fuentes internas de nuestra personalidad, sino influidos por el mundo que nos rodea, familiares, medios de comunicación, compañeros de trabajo, amigos, pareja…

Hay un miedo generalizado al fracaso, al qué dirán, a exponer nuestras ideas sobre cualquier problema, o cuestión, tanto en el ámbito laboral como personal. En muchas organizaciones se penaliza al que ofrece ideas nuevas, al que piensa en mejorar, al que quiere avanzar.
En nuestra memoria tenemos grabados acontecimientos, emociones, sentimientos y sensaciones que limitan nuestra libertad, nos coartan ya que nos impiden ser como nos gustaría. Portamos una gran mochila llena de piedras, que no nos dejará avanzar hacia nuestros objetivos si no hacemos algo. Esta limitación puede conllevar el mantenimiento de trabajos no deseados, proclives a la alienación, al igual que ciertas relaciones con amigos, familiares o parejas que en ocasiones no son sinceras, se han convertido en artificiales, todo por mantener una seguridad aparente, un bienestar irreal, una comodidad basada en mirar hacia otro lado, no hacia nosotros, obviando lo que nos gustaría hacer, nuestros sentimientos y emociones verdaderos, en definitiva, una traición tras otra hacia nosotros mismos.
No vamos a ocultar que es difícil conseguir esa sinceridad con nosotros mismos, ya que precisamos desaprender muchas de las cosas que nos han inculcado desde pequeños, dejar todo limpio para ser más abiertos, más libres, y también más comprensivos, y sobretodo, llegar a ser consecuentes con nuestros actos. Lo que nos llevará a ser más curiosos, a buscar nuevos retos, arriesgarnos y experimentar lo que consideremos oportuno, aprendiendo cuando las cosas no han salido como esperábamos y volviéndolo a intentar, no paralizándonos ni limitándonos a nosotros mismos.

Hemos de ser conscientes de que digan lo que digan, somos capaces de hacer todo lo que nos propongamos, centrándonos en un conocimiento exhaustivo de nosotros mismos, detectando, etiquetando y asumiendo nuestros miedos para poder vencerlos, nuestras limitaciones para trabajar en que sean menores, nuestras fortalezas para desarrollarlas.
Consiguiendo que los problemas sean oportunidades para mejorar y no barreras insalvables. Ser conscientes, en definitiva, de que somos los únicos dueños y responsables de nuestra vida, pudiendo elegir qué hacer con ella.
Si nos damos cuenta, en muchas ocasiones nos quejamos por nuestros jefes, trabajo, amigos, pareja… justificando de este modo nuestras acciones. Evitamos la responsabilidad y realmente no queremos tomar las riendas de nuestra vida, ser como realmente somos, ya que es mucho más fácil echar balones fuera, no asumir lo que hacemos o a veces ni siquiera hacerlo. La comodidad de “mi jefe es un inepto” “mi pareja no me entiende” o “a mi familia no le intereso” ha de verse modificada por la pregunta ¿Qué podemos hacer nosotros para que esto cambie?. Aportando personalmente todas las herramientas posibles para conseguir nuestros objetivos y lo que realmente queremos, sin tener que justificarnos si no lo alcanzamos.

Para conseguir lo que acabamos de comentar existe una opción que cada vez tiene más adeptos, tanto en el ámbito personal, como profesional, se trata, como podéis imaginar del coaching.
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